¿Conoces el Estatuto de la Víctima del Delito? Si la respuesta es que no, tranquila. Creo que la Ley 4/2015, de 27 de abril, que lo regula, es una de las grandes desconocidas de nuestro ordenamiento jurídico.

Una Ley que quiso convertirse en el catálogo general de los derechos, procesales y extraprocesales, de todas las víctimas de delitos, pero que ha acabado siendo una mera declaración de intenciones, que no ofrece verdaderas soluciones reales a las mismas.

Las víctimas. Las grandes olvidadas.

Mientras me estudiaba la Ley, estuve recordando una conversación con una amiga que me dejó removida. Le contaba que había realizado una acción muy contundente para acabar con un problema que tenía mi hijo pequeño y su reacción me sorprendió.

No quiero entrar en muchos detalles, por tratarse de una conversación privada, pero el problema tenía que ver con un determinado tipo de violencia que había observado que mi hijo estaba sufriendo, no grave, pero sí importante en mi opinión y la solución consistía en la erradicación de ese problema. En ponerle fin.

La conclusión que quedó fue que yo había sido egoísta por haber optado por dicha solución, por pensar sólo en mi hijo y no en los demás. Y que la solución partía por dar a mi hijo recursos para que él mismo resolviera el conflicto, ya que no siempre tenemos que solucionarles sus problemas.

De forma inconsciente, había desplazado el tema central de la discusión, “violencia contra mi hijo” por “la falta de recursos de mi hijo” o mi “egoísmo” por la solución encontrada.

Bueno. Entenderás que no llegamos a ningún acuerdo. En absoluto me siento egoísta por realizar una actuación contundente y tajante para eliminar un problema de violencia que sufre mi hijo, por pequeño e ínfimo que pueda parecer.

Pero sí que me dejó con la necesidad de escribir sobre cómo afronta actualmente la sociedad la violencia, y me refiero a cualquier tipo de violencia, ya sea leve o grave, porque la violencia siempre es esto: violencia.

Porque fíjate qué diferente puede ser un mensaje, si nos damos cuenta de qué hay que evitar y a quién hay que dirigirlo:

La responsabilidad se vuelca sobre la víctima de la violencia.

El cartel va dirigido al agresor.

Sin duda, es necesario cambiar el punto de vista cuando hablamos de violencia. Y yo empezaré por las conclusiones que extraje de una conversación normal, un día normal, con una mujer normal. Porque muchas de nuestras conversaciones cotidianas, serían distintas si cambiáramos el punto de vista desde el cual nos enfocamos.

Ahí van:

1.- No es egoísta aplicar medidas excepcionales, firmes y tajantes para acabar con una situación de violencia.

Aplicar o solicitar privilegios para la persona que sufre es absolutamente imprescindible. Porque el punto de vista no debe desplazarse hacia “los demás” (“¿Y los demás qué, los demás no tienen ese privilegio?”), sino siempre hacia la víctima.

De manera que, por ejemplo, en nuestros colegios, no deberíamos sentirnos “egoístas” por solicitar que se aplicaran soluciones especiales para nuestros hijos (ya sean protocolos contra el bullying o cualquier otra medida que sea necesaria, aunque no estemos ante un caso de acoso).

Yo lo extrapolo a los supuestos de acción positiva (que no discriminación positiva) recogidos en nuestras leyes para acabar con la discriminación que sufren las mujeres en muchos ámbitos y en especial, el laboral.

Las acciones positivas son completamente constitucionales (avaladas por el Tribunal Constitucional) y las considero tan imprescindibles hoy en día, como otorgar a las víctimas de violencia privilegios que les permitan ver cómo la violencia que viven desaparece.

Volviendo al supuesto de un colegio, el cambio de paradigma es urgente. Cuando la víctima sufre, la acción inmediata debe ser apartar a su agresor de ella, aunque esta acción le conceda privilegios o una situación especial dentro de la escuela. Pero es que la víctima nunca debe pensar en los demás.

En mi opinión lo que es egoísta es que los demás no piensen en la víctima.

Porque si otro niño sufre la misma violencia que tu hijo, la conclusión no puede ser:  “¿Por qué tu hijo sí y el mío que también lo sufre ,no? “, sino que ese segundo niño deberá ser también apartado del agresor. Mejor dicho, el agresor también deberá ser apartado de él (obsérvese como incluso a mí me cuesta cambiar el enfoque). Y así sucesivamente.

Y si a los demás niños no les pasa nada, es decir, no viven un problema de violencia, lo que es egoísta es que sus padres y madres o el resto de personas que forman parte de la escuela no hagan nada para que la víctima, que sí está sufriendo esa violencia, deje de padecerla.

Y ojo, que no me estoy refiriendo a dejar desatendido o excluido al niño que sea agresor. Pero es que ahora, en este post, no estoy hablando de qué hacer cuando un niño es el agresor, estoy hablando de las víctimas de la violencia. Es muy difícil no desviarse de la cuestión, pero muy necesario no hacerlo.

Porque tenemos que hablar mucho de las soluciones que debemos brindar a las víctimas.

2.- El “mantra” que se sigue repitiendo constantemente en nuestra sociedad es que la victima sufre porque la victima “hace” o porque “no hace”. 

Debemos dar un giro radical al discurso, si queremos empezar a vivir de otra forma en el mundo que nos rodea: La víctima sufre porque alguien “le hace” o “no le hace”.

Es tan radicalmente distinto…

No es la víctima la que debe “hacer”, es el agresor el que debe “dejar de hacer”.

Las víctimas de violencia siempre deben ser ayudadas. Porque la violencia ejercida contra alguien (salvo cuando se trata de autodefensa) es siempre inadmisible y requiere una ACCIÓN para erradicarla. 

Y ello, independientemente de que las víctimas tengan o no recursos a su alcance, porque aquí entra en juego la perversidad de la indefensión aprendida, de la que tenemos que empezar a tomar conciencia ya.

La víctima con recursos que tras varias acciones no vea solucionado su problema de violencia, acabará por rendirse si no encuentra en los terceros el apoyo que necesita para lograr que termine. Perderá la esperanza.

En cambio, si una víctima de violencia presencia cómo los demás usan sus herramientas para sacarle de la situación en la que se encuentra, aprenderá a confiar en la sociedad que le rodea.

Y si la víctima es tu hijo o hija y tú eres su madre, entenderá que puede pedirte ayuda y que con tu apoyo, puede sentirse seguro.

 

Lorena Moncholí Badillo.

Abogada colegiada nº14084 ICAV.

Agente de Salud de Base Comunitaria certificada por Salud Pública de la Conselleria de Sanitat de la Comunidad Valenciana y la EVES.

Máster en Bioética, Deontología, Seguridad y Calidad en el ámbito Sanitario por ADEIT, Fundación Universidad-Empresa de la Universitat de València.

Máster en Igualdad de Género por la UCLM.

 

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